También puedes leerlo en issuu pinchando aquí. Texto y foto: Paula Lozano.

Walter* (21) vino de Chile a España hace tres años. Sin dinero, papeles, ni estudios, al llegar, se dedicó a robar bicicletas. A lo largo de su vida, ha robado más de cien. También móviles y joyas. Coches y televisiones. Sin embargo, aquí cree que hay un futuro. No sabe dónde ni cuál, pero cree que lo hay. Incluso para él.

Son las dos de la mañana de un jueves de noviembre en Getafe. Después de haber estado tomando cervezas y fumando porros todo el día, Walter se mezcla con los jóvenes universitarios que beben en la calle para esconderse de la policía. Esa misma mañana, ha robado una bicicleta en Fuenlabrada junto con otro chico que como él, también es chileno. Desde uno de los porches de la calle, aparece su prima enfadada para decirle que es tarde y que suba a casa. Y Walter desaparece entre la oscuridad del portal. De ese día, hace ya más de tres años.

En agosto de 2017, Walter llegó a la península. Lo hizo con su tía, a la que había conocido un mes antes en Chile. Lo que estaba previsto para ser una visita breve que duraría los meses estivales, terminó alargándose en el tiempo hasta el día de hoy. Por el momento, Walter no tiene intención alguna de volver. Lo que conoció en España, le gustó mucho. Y Getafe, le parece una ciudad “tranquilísima” y “muy segura”.

A su llegada, durante los primeros meses, se dedicó a robar bicicletas. “Robar es lo único que sabía hacer”, asegura hoy. Ahora, reconoce que arriesgaba mucho por muy poco pero que necesitaba el dinero, y que también lo hacía porque le gustaba la adrenalina. La de aquel día de Fuenlabrada fue tan solo una de las más de 100 que ha robado en su vida. Pero esa no sería la última. Un mes más tarde, cuando su paisano cómplice ya había vuelto a Chile, robó otra en el barrio. Desde entonces, las cosas han cambiado mucho.

“Robar es lo que más me gusta, y lo único que sabía hacer”

Desde hace cinco meses trabaja como peón en una obra, por lo que gana unos 1.200 euros al mes, según los días que fiche. Lo cobra en negro, ya que todavía no tiene los papeles. “Vamos haciendo chapuzas en un sitio y otro, lo que nos llamen: reformas, algún baño…”, explica. Cada mañana se levanta a las seis y media para ir a trabajar, y su jornada termina doce horas más tarde. Admite que la obra no le gusta, pero que le da dinero y no tiene otra opción, “sin los papeles es muy difícil encontrar algo digno, te pisotean mucho”, lamenta. Walter no tiene reparos en admitir que lo que más le gusta es robar, dice que “es lo más fácil” y “trae más plata”, pero que ya no puede hacerlo más, porque le podrían deportar. “Para trabajar, ¿a quién le gusta levantarse a las seis de la mañana?”, expresa con total sinceridad.

Con las bicicletas que robaban él y su coautor paisano, podían sacarse hasta 120 euros que más tarde se repartían entre los dos. Las pintaban para que no pudiesen ser reconocidas y las vendían a amigos del barrio. Si las habían robado en otras ciudades, ni siquiera hacía falta tunearlas. Eso sí, el trueque se hacía siempre en persona y con alguien de confianza, nunca por internet ni Wallapop. “Por esa página no es recomendable, no es seguro; es mejor quedar con un chaval que conozcas y así la bici se va fácil y viene pronto la pasta”, comenta. A veces, incluso las cambiaban por marihuana, unos treinta euros de hierba en el mejor de los casos. Walter dice que “la gente es muy canalla a la hora de comprar las bicis, no saben lo que tú estás arriesgando y les costaba pagar más de cincuenta euros”. Confiesa que, en ocasiones, también lo hacía por diversión. Robaba las bicis a niños pequeños intimidándoles y cuando volvía borracho a casa las dejaba en el portal de la calle.

Ahora, le van llegando las multas de los delitos que ha cometido anteriormente. El año pasado, tuvo un juicio por una pelea de hace dos años y por la que tuvo que pagar una sanción de 1.200 euros. Fue en una gasolinera, cuando no quisieron venderles alcohol a él y otro amigo, y ellos destrozaron una de las mangueras para limpiar los coches. “El dependiente, que lo había visto todo por las cámaras, salió para defender la gasolinera y nosotros le dimos una paliza y le rompimos una muela”, relata. “Pasaron meses y luego me llegó el juicio”, se lamenta. En ese momento, Walter no trabajaba, así que tuvo que llamar a su país para que le prestaran dinero. Unos amigos suyos, que se dedicaban a estafar y a la venta de drogas, le mandaron la suma en diferentes tandas por Western Union. “Eso fue recién haber llegado a España, tuve muy mala suerte”, dice, y reconoce que entonces venía con la mentalidad de su país, aunque allí, todavía era mucho peor. “En mi país, si no eres un ladrón, no eres nadie”.

Walter asegura que, si les contase a sus amigos que robaba bicicletas todos se reirían de él. Y que incluso si a él le llegan a decir que terminaría robando bicicletas tampoco se lo creería. “Los jóvenes allí te discriminan y tú lo tienes que hacer para quedar bien y que no se rían de ti”, explica. De sus amigos de allí, todos están muertos o en la cárcel. En Chile, Walter declara haber hecho las peores cosas. “Salíamos en coche y atracábamos farmacias con pistolas”, relata. Confiesa que él ha disparado una nueve milímetros y que también tenía un revólver del calibre 38 y una escopeta que perdió en una pelea callejera, cuando una banda de otro barrio llegó al suyo y comenzaron a dispararles sin motivo aparente.

“Es como si te persiguiera la droga,
con todos los que me junto
fuman porros, les gusta la cerveza,
y a quien no, la coca”

Allí vivía en la comuna de Renca, situada en la región metropolitana de Santiago, una de las peores, asegura. Residía con su hermano (tres años menor que él), su madre y la pareja de ésta. Su hermana vino a España con quince años, cuando él tenía diez, por lo que los únicos recuerdos que tenía de ella eran las fotografías que guardaba. Su casa tenía dos habitaciones, así que él y su hermano dormían juntos. “Yo vengo de una casa superhumilde y muy pequeña, había días en los que nos cortaban la luz o el agua y no podíamos ni cocinar”, cuenta. Su padrastro, que trabajaba repartiendo comida para el supermercado, era quien llevaba la comida a casa. Robaba todos los productos del camión: arroz, alubias, botes de tomate, etc. “No nos faltaba de nada ,porque teníamos eso, y todo el mundo venía a casa a comprar patatas fritas”. Él también trabajó de repartidor en Chile durante una temporada, distribuía bebidas para los bares y las tiendas; coca-colas, zumos de naranja y limón, gaseosa… Fue el trabajo que más tiempo le duró, seis meses.

Cuando sus padres se separaron, él tenía libertad para hacer todo lo que quisiese. A veces, cuando llegaba muy drogado a casa, su madre le echaba y tenía que dormir en la calle. Echando la vista atrás, es consciente y reconoce que le estaba dando un mal ejemplo a su hermano. Ahora, su hermana, quien trabaja como esteticista en una cadena del centro de Madrid, es quien le aconseja y le enseña cómo debe hacer las cosas. Ella le dice que en Chile se juntaba con los peores y que al llegar a España, se juntó con los peores también: con los jóvenes del barrio de la Alhóndiga. “Me va bien con ellos, aunque todos son viciosos y al final no sales de eso”, dice Walter, y continúa: “es como si te persiguiera la droga, con todos con los que me junto fuman porros, les gusta la cerveza y, a quien no, la coca”. Aunque con ellos, también ha experimentado más allá de las drogas. Cuenta emocionado que este verano pudo hacer un viaje en coche con sus amigos a Cuenca, lo más lejos que ha ido nunca. “Fuimos a pasar el día en el río y es una experiencia que mola”, recuerda. Lo que más le gusta de sus amigos de aquí es que a ellos no les importa que no tenga dinero.

A los trece años, dejó de estudiar. El estudio era algo que nunca le habían exigido en su casa. Su día a día desde entonces consistía en lo que él y sus amigos llamaban “salir a trabajar”. Cada mañana, sus amigos pasaban a buscarle y ahí empezaba su jornada laboral. Antes de salir, siempre se tomaban unas pastillas para “ir con más coraje”. Se metían en las casas y acababan con todo lo que encontrasen: joyas de oro, dinero, Play Station… todo tipo de objetos que cuanto más rápido pudieran venderse, mejor. A veces, incluso coches que luego clonaban y vendían por poco más de 3.000 euros. Otras veces los usaban para ir a las carreras ilegales de Santiago, donde los destrozaban.

“Botes de jarabe y porros,
clorazepam, diazepam…
me importaba poco para qué servían,

mientras me dejaban drogado,
yo era feliz”

Walter cuenta que a estas competiciones iba gente de todos los alrededores, y que “allí todo el mundo iba a lucir los coches para que nadie pudiese decir que tú nunca ibas a poder tener un coche caro”. Cuando ya no les servían de nada, los quemaban y los tiraban por un cerro. Dice que, a veces, echa de menos esa vida pero luego se da cuenta de todo lo que tiene aquí.

A la vuelta, celebraban los éxitos del día con cocaína, y podían pasarse hasta cuatro días seguidos de fiesta. Cuando el polvo blanco y las cervezas se terminaban, mandaban al joven del grupo a por más. “Robábamos más que nada para andar de fiesta y estar todo el día drogados”, explica.

Con el tiempo dejó las pastillas porque un día, después de haber ido a trabajar, su madre le encontró muy drogado y llenó de sangre. Le había pegado a otro chico y, entre ocho, le habían dado una paliza. “Mi madre pensó que me habían apuñalado, y desde ese día no quise tomar más de esas pastillas”, recuerda. Pero Walter siguió tomando otras drogas: botes de jarabe enteros mezclados con porros, clorazepam, diazepam… “me importaba poco para qué servían, mientras me dejaban drogado, yo era feliz”.

Además de bicicletas, lo que más ha robado son móviles. Con sus amigos, iban al centro de Santiago a la hora de la salida de los niños del colegio y, aprovechándose de que eran pequeños, les robaban los teléfonos. Para Walter y su grupo, cinco niños juntos eran lo mismo a cinco móviles de golpe. También las cadenas de oro en los autobuses, para lo que estaban muy organizados. “Nos entendíamos con la mirada y cada uno sabíamos cuál era nuestro papel”. Uno de ellos tocaba el timbre para que parase el autobús, y cuando lo hacía, arrancaba la cadena y escapaba corriendo. El otro, hacía alguna maniobra para frenar a la víctima cuando salía a perseguirle, como si no se conociesen. Para robar en las tiendas de ropa habían ideado un artilugio al que llamaban biónica, y que podía sortear los arcos de seguridad. Se trata de una bolsa artesanal con apariencia normal y que por dentro lleva aluminio y otros artefactos que hacían imposible detectar las alarmas. La ropa, como venía con la etiqueta y eran prendas de marca, podía venderse por bastante dinero.

Pero su vida como ladrón hace tiempo que quedó atrás. Al llegar a España, su nueva familia le dejó algo muy claro: “esto no es Chile”, y si él quería quedarse aquí, tenía que saberlo. Admite que el primer año fue muy mal agradecido con su famlia. Ahora, con lo que va ganando de la obra, colabora económicamente en la casa, paga la multa y, cuando puede, manda dinero a sus padres. Le encantaría que su hermano pudiese venir a España y dejar atrás esa vida tan conflictiva, pero sabe que es difícil. “Yo le intento decir que no haga eso, que no le va a llevar a ningún lado, pero no sé si sirve de algo”, se lamenta. “Yo en su momento tampoco me daba cuenta, allí que alguien mate a otro a balazo limpio es algo normal”, asegura. Por eso España le parece un lugar tan seguro. Aquí puede volver tranquilamente de fiesta sin preocuparse porque alguien le dispare tan solo para robarle el móvil.

Sin embargo, para Walter, más importante que eso, es saber que aquí sí tiene un futuron. “No se cuál, no sé dónde está y no se qué camino coger, pero yo sé que aquí hay un futuro”, manifiesta. Movido por esa creencia, intentó sacarse la ESO para mayores de edad hasta en tres ocasiones. Primero estuvo un tiempo en el Centro de Educación para Personas Adultas (CEPA) de la Casa de la Cultura de Getafe. Durante un año, daba clases por las tardes de repaso de inglés, matemáticas, lengua e informática con compañeros que tenían entre se- senta y setenta años. En la prueba de nivel, solo fue capaz de poner su nombre. Luego pasó a primero, pero terminó dejándolo porque le salió una oportunidad de hacer trabajos de limpieza de fin de obra, donde cobraba cincuenta euros al día. “La plata a mí me sirve más que los estudios, la verdad”, cuenta.

Al tiempo, lo volvió a retomar, esta vez en un centro del barrio getafense de Las Margaritas. Allí, el horario era de mañana y los alumnos, gente de su edad. Tras volverlo a intentar sin éxito, el profesor le dijo que lo mejor era que se diese de baja, y así lo hizo. Walter dice que a él le cuesta mucho estudiar y que no quiere perder mucho tiempo en esforzarse para después no lograrlo. “Yo soy de rendirme fácil”, comenta. La tercera ocasión fue en Canarias. Tras haber llegado a reunir trescientos euros en uno de los trabajos de la obra, fue a las Islas “a probar suerte”, en el 2017. En Gran Canaria, tenía un primo que vivía de la hostelería y no le pareció mala opción. Consiguió trabajo de camarero, pero solo duró dos semanas. Aquello no le gustaba nada y siempre le pedía a su encargada que le pusiese a fregar. “Me di cuenta de que aquello no era lo mío, así que lo dejé y me empadroné para intentar estudiar la ESO, pero no me dejaron”. Allí, Walter también probó por primera vez las anfetaminas. En una fiesta, unos amigos de su primo le vendieron cristal y como sentía que no le hacía efecto, decidió esnifarlo. Más tarde, quienes se lo habían ven- dido, le dijeron que podía haber muerto.

Por esa ocasión, y muchas otras, Walter es consciente de que la suerte siempre le ha acompañado de un modo u otro. Agradece a Dios que “las cosas siempre le lleguen solas”. Nunca ha tenido que salir a buscar trabajo, siempre le llegan de una manera u otra. El último, se lo ofreció un amigo suyo del barrio. Walter cuenta que, al principio, este no quería dárselo porque no se fiaba de él, pero cuando al tiempo vio que había cambiado, incluso en su manera de hablar, se lo propuso. La persona que es ahora es otra muy distinta de la que llegó, dice. Y no se arrepiente de ello. Ahora quiere que su hermano venga con él, conseguir los papeles, conseguir un buen trabajo y alquilar un piso.

Ironías de la vida, la última bicicleta que robó se la quitaron del portal días más tarde: “la dejé ahí y pensé que la vendería en esos días, pero lo dejé pasar y como ni siquiera la había candado, me la robaron”. La historia de un ladrón que roba a un ladrón. Hace dos semanas, con el dinero que ha ahorrado de la obra, se compró una bicicleta del Decathlon por 250 euros. A diferencia de las otras, que no le costaban nada, esta sí que la guarda en casa por las noches. Al preguntarle qué haría si se la robasen, dice que recorrería mar, cielo y tierra hasta dar con el culpable. Para Walter, su nueva bicicleta, es la bicicleta más cara del mundo.

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