Voy a decir algo ñoño: siempre que estoy con mi amiga E., siento que mi pequeño jardín interior se riega. Cuando estuve de Erasmus en Francia, viví en una residencia de estudiantes antigua y destartalada que estaba escondida en una hondonada rodeada de pinos. La residencia se llamaba Monbois (bosque en francés). Cada vez que veía el cartel, me venía a la cabeza: mi pequeño bosquecillo privado. Estar con E. se parece a eso: un paseo en un jardín lleno de caminos y secretos, donde el tiempo se suspende y sientes que estás en un lugar remoto, como en una película de Hong Sang-soo.
La conocí en clase de teatro, apenas nos habíamos saludado al inicio de la clase y, cuando empezamos a entrenar, tuve el impulso de jugar con ella y nos pusimos juntas de pareja. E. me miró con esa mirada suya torcida, de lado, como con reservas, y pensé que quizás le había caído mal.
De E. me gustan muchas cosas. Su manera de hablar, lenta, pausada, con la voz apenas musitada que de repente estalla en una carcajada cuasi histérica. Me gusta que le gusten los Rieslings y me lleve a tomar buenos Rieslings a Estrasburgo. Me gusta que su mundo esté lleno de referencias que hacen más grande el mío. Me gusta su manera de moverse y caminar, a ratos bailando como si tuviera las puntas de los pies y las manos llenas de Peta Zetas, a ratos como quien camina lento en el pasillo de un supermercado examinando cada producto de las estanterías. Pero sobre todo me gusta su cómo piensa.
La escucho hablar, la veo –en sus ojos– pensar mientras habla, y quiero convertirme en una hormiga diminuta para colarme por un agujero de la nariz y meterme en su cabeza. Te suelta frases afiladas y lapidarias, de esas que subrayarías en una novela, y lo mejor de todo es que no se da cuenta. Tiene ese don de la falta de consciencia de sí misma (en su medida virtuosa). Yo le digo: «E., acabas de decir una frase de novela», y seguido le digo a Damián, su chihuahua: «Damián, coge lápiz y apunta la frase que acaba de decir mamá».
«No hay manera de ejercer la heterosexualidad», me ha dicho hoy, mientras Damián nos escuchaba desde los asientos de atrás del coche.
Ante eso y, en general, ante la vida, solo una solución, un deseo, un conjuro: «Chihuahuas y literatura».



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