Llorar por cosas por las que no lloramos

Hacía mucho que no lloraba al salir de la peluquería.

Mucho, muchísimo. Tanto que no me acuerdo de cuándo fue la última vez. Es maravilloso, porque te notas las ganas de llorar desde un buen rato antes en el que rompes a llorar, que siempre suele ser nada más salir por la puerta y cruzar el escaparate. Nunca antes y, sobre todo, nunca dentro de la peluquería. 

De pequeña, siempre decía que me había gustado, aunque me viera horrible. Ahora, no. Pero da igual. El caso es que una va a la peluquería confiando en que va a salir divina y terminan por hundirle a una el día. Te despistas un segundo entre que te ponen la bata y te bajan el asiento y para cuando te quieres dar cuenta la tijera va ya sola y adiós, te han jodido el día. 

Me veo, de camino a casa, llorando, al teléfono con mi madre, y me río sola. Pero una nunca llora porque le hayan cortado mal el pelo, es una de esas veces en las que, en el fondo, una llora por otra cosa.

Hace unos meses, mi amiga E. me preguntó qué tal el fin de semana, y yo le dije que fatal, que había estado con una descomposición obscena, sumada a un gripazo horroroso, y que para colmo me había acordado de una persona con la que había estado hace un tiempo y me pasé el sábado envuelta en una manta de mocos y lágrimas. Y entonces ella me dijo, tú tenías ese caramelito en la mano –refiriéndose a la ruptura con esa persona–, y te apetecía comértelo para llorar por otras cosas. Y la tía, listísima ella, tenía toda la razón del mundo, así que nos reímos y yo apreté un poco el culillo, porque poquita broma lo de ese fin de semana. 

Lloramos, muchas veces, por cosas por las que no lloramos. Pero lloramos –también– por ellas. Yo lloraba esta mañana porque me habían dejado hecha un cromo, pero lloraba, lo sé, por otras cosas. 

«Hair is everything, Anthony»

–Fleabag.

Sobre los cortes de pelo, el pelo de las mujeres, las mujeres y la relación de estas con sus peluqueros no se puede decir NADA de forma más brillante que como lo hizo Phoebe Waller-Bridge en el quinto episodio de la segunda temporada de Fleabag. “Hair is everything”, porque sí, el pelo LO ES ABSOLUTAMENTE TODO. 

Esta mañana, cuando me he dado cuenta de hasta dónde estaba entrando la tijera, he balbuceado: “Ay, me lo has dejado muy corto, ¿no?”. A lo cual el peluquero ha respondido: “¿No lo querías tan corto?”. Y yo: “No, lo quería como en la foto”. Y entonces él ha pronunciado las tres palabras malditas: “Bueno, EL PELO CRECE”. 

¿PERDONA? ¿Cómo que el pelo crece? ¿Qué mierda es esa de que el pelo crece? YA SÉ QUE EL PELO CRECE, PERO YO VENÍA HOY A LA PELUQUERÍA PORQUE QUERÍA VERME BIEN AL SALIR, NO EN DOS SEMANAS, EDUARDO. SI QUISIERA UN CORTE PARA DENTRO DE DOS SEMANAS TE HUBIERA DICHO: CÓRTAMELO COMO SI SE TE CAYERA LA NAVAJA POR EL CRÁNEO Y DÉJAMELO BIEN COMO PARA DENTRO DE DOS SEMANAS. 

Perdonadme la frivolidad, pero, ¿cómo es posible que haya que explicárselo a ellos, a los peluqueros? Nadie mejor que ellos para saber que el pelo lo es todo. Es evidente que el pelo crece, CLARO que el pelo crece. Pero esa es una frase que en cualquier caso te tendrá que decir tu amiga cuando le llames llorando (por otras cosas) al salir de la peluquería.

Un peluquero solo puede ser tu tótem o un grandísimo hijo de puta.

Así que, presentadme, por favor, (déjadmelos en comentarios, hacedme llegar sus números a través de palomas mensajeras, lo que sea) al tipo de peluqueros que pertenecen al primer grupo y salvadme de las garras de los segundos, por lo que más queráis. Por suerte, dado lo corto que llevo el pelo (y pese a lo rapidísimo que me crece) no necesitaré pasar por una peluquería hasta finales de agosto. Es decir: hay tiempo, y días por delante con una previsión de temperaturas altísimas perfectos para esconderme bajo un sombrero panameño.

Y ahora sí, disculpad esta verborrea malsonante y maledicente, y disfrutad de la maravillosa escena de Fleabag.


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