Quisiera mandarte cartas. Visitar tu buzón mensualmente, y pasar a compartir la intimidad que supone que nos leamos sin pantallas, a solas, en silencio.

Quiero que me dejes colarme en tu casa y me lleves contigo a la cama o a la bañera. Quiero compartir contigo rituales, y que cuando me veas en el buzón sepas que lo que viene a continuación es un momento de intimidad, entre tú quien me lee y yo quien te escribo. En el que yo dejo al descubierto mis imperfecciones y ángulos muertos.

Quiero explorar contigo este espacio nuevo, y descubrirte nuevos paisajes interiores que vayan envueltos en distintas texturas y aromas. Quiero mandarte flores, envoltorios de bombones, fragmentos de libros e instantáneas robadas de mi día a día. Momentos cotidianos, y por qué no, también vulgares. En un mundo de mensajes instantáneos y fechas de caducidad rápidas, quiero que nos abramos a compartir esa vulnerabilidad que supone mirarnos de cerquita y desde dentro. Recuperar el gusto por lo lento, lo pausado, lo sincero. Quisiera, con mis palabras, recorrer las paredes de tu habitación, con sus grietas y sus huecos.

Quiero que me recibas temeroso, como quien sabe que si deja entrar a un desconocido a su habitación corre el riesgo de quedarse con lo puesto. Sabiendo que sí lo haces, estaremos dando un paso más y creando nuevos lazos. Abriéndonos a la posibilidad de no ser correspondidos.

¿Me dejas entrar?