«Visité el lugar en el que nací y me llevé la mayor desilusión», una carta de mi abuela

La semana pasada visitamos Cabezagorda, el pueblo en el que se crió mi abuela.

Ahora participa en el concurso #PalabrasMayores2 y cuenta el poso que le dejó esa visita.

💌Os comparto su carta:

El otro día visité el lugar en el que nací y me crié, Cabezagorda, y me llevé la mayor desilusión del mundo. Aquello era solo ruinas. Me impresionó ver escombros donde antes hubo tanta felicidad. Pienso que todas las ilusiones son así: poco a poco, se van derrumbando. Se desmoronan como las paredes de un edificio hasta que solo quedan cuatro piedras en pie. Pero nos queda la alegría de haberlo vivido y poder contarlo.

Para vivir cerca del campo y criar a los animales, fue mi familia la que construyó allí el pequeño poblado, pensando más en su ganado que en su propia comodidad. El agua más cercana estaba a media hora de distancia con caballería. No había luz eléctrica, no había nada.

Tuvimos una infancia muy feliz sin tener nada material. Simplemente, el oír los cencerros cuando venían los ganados a recogerse por las noches, ya nos daba mucha alegría. Con cualquier cosa ya éramos felices, jugando con una flor, con una lagartija.

Uno de los grandes recuerdos que tengo es cuando mi padre volvía del campo y me decía: Mari, ve al morral a ver lo que hay ahí. Me traía algo de su merienda. A veces chorizo, otras un torrezno. Aquello me sabía muy bueno. Nuestras mayores, cuando iban al pueblo, traían alguna naranja y las partían a trozos para repartir, aquello era un gran capricho. En vísperas de la Navidad, hacían una gran masada de tortas dulces y antes de amanecer, se levantaban las tías y nos traían a la cama un trozo de torta y un traguillo de anís o moscatel.

Con cualquier cosa ya éramos felices, jugando con una flor, con una lagartija.

Estuvimos visitando Cabezagorda en familia, mis nietos parecían investigadores, no paraban de preguntar qué enseres teníamos, si había muebles, ropas. No teníamos ni lo imprescindible, pero no echábamos nada en falta porque no conocíamos otra cosa. Solo teníamos mucha ilusión.

Cuando volví a mi casa después de la visita, estuve toda la tarde emocionadísima, sin ganas de hacer nada más que recordar. Mi marido dice que parecía un gorrioncillo viejo acurrucado en el sofá.

Le doy gracias a la vida por la familia tan buena que tengo, se ha multiplicado y ahora ya somos bisabuelos. También por las comodidades de las que ahora disfrutamos y por los recuerdos tan bonitos que guardo. El que haya sido un poco peor, lo olvido, porque a veces es necesario olvidar. Si no nos fijásemos tanto en lo material, sino en el cariño y la convivencia, seríamos mucho más felices todos.

Un abrazo y mucha felicidad para mis seres queridos y un recuerdo para mis enemigos.

M.ª Emilia


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